domingo, 28 de noviembre de 2010

THE DIRT - PARTE 1



A pedido de algunos seguidores de este humilde blog, iré publicando, en la medida que sea posible, el libro "The Dirt", o los "Trapos Sucios" al completo. Empecemos...

PARTE UNO

LA CASA MÖTLEY


Capítulo 1
VINCE

De y sobre la primera casa; en la que Tommy es sorprendido con las manos en la masa y los pantalones por los tobillos; Nikki es prendido en fuego para deterioro evidente de la alfombra; Vince codicia los narcóticos de David Lee Roth; y Mick mantiene virtuosa y distraídamente las distancias.

Se llamaba Bullwinkle (*). La llamábamos así porque tenía cara de alce. Pero Tommy, a pesar de que podía conseguir a cualquier chica que se le antojara en Sunset Strip, se negaba a dejarla. La amaba y quería casarse con ella, nos decía una y otra vez, porque cuando se la corría era capaz de lanzar fluidos de una punta a la otra de la habitación.

Por desgracia, no eran sus corridas lo único que hacía volar por la casa. También arrojaba platos, ropa, sillas, puñetazos... básicamente cualquier cosa que quedara al alcance de su mal genio. Hasta entonces nunca había visto a nadie ponerse tan violento, y eso que había vivido en Compton. Una palabra o mirada equivocada bastaba para que estallara en una explosión de rabia y celos. Una noche, Tommy intentó mantenerla a distancia atrancando la puerta de entrada -la cerradura hacía tiempo que había quedado destrozada tras ser forzada en repetidas ocasiones por la policía- y ella se agenció un extintor con el que reventó una ventana para poder entrar. La policía regresó un poco más tarde aquella misma noche y encañonó a Tommy mientras Nikki y yo nos escondíamos en el baño. No estoy seguro de a quién le teníamos más miedo, si a Bullwinkle o a la policía.



Nunca llegamos a reparar la ventana. Habría sido demasiado trabajo. La casa estaba cerca del Whisky A Go-Go y la gente se colaba para celebrar fiestas de madrugada, bien por la ventana rota, bien por la puerta principal (marrón, combada y medio podrida) que sólo conseguíamos mantener cerrada utilizando un trozo de cartón doblado como cuña. Yo compartía habitación con Tommy, mientras que Nikki, el muy pendejo, tenía un cuarto grande para él solo. Al mudarnos, nos habíamos puesto de acuerdo para ir rotando mensualmente de modo que todos pudiéramos disfrutar en solitario de la habitación grande. Pero nunca llegamos a hacerlo. Habría sido demasiado trabajo.

Era 1981 y estábamos arruinados; nuestras únicas posesiones eran mil singles de siete pulgadas que nuestro representante había hecho prensar para nosotros. En la sala teníamos un sofá de cuero y un tocadiscos que los padres de Tommy le habían regalado por Navidad. El techo estaba cubierto de pequeñas muescas circulares, porque cada vez que los vecinos se quejaban del ruido nos desquitábamos golpeando el techo con mangos de escoba y los mástiles de las guitarras. La alfombra, además de estar llena de quemaduras de cigarrillo, estaba manchada de sangre y alcohol; las paredes, negras y chamuscadas.

La casa estaba repleta de alimañas. Si alguna vez nos daba por usar el horno, antes teníamos que dejarlo unos diez minutos encendido al máximo para matar a los regimientos de cucarachas que se escondían en su interior. No teníamos dinero para comprar insecticida, así que para exterminar a las cucarachas que correteaban por las paredes cogíamos los botes de laca, acercábamos un mechero al difusor y achicharrábamos a las muy hijas de puta. Por supuesto, sí que podíamos permitirnos comprar (o permitirnos robar) productos de primera necesidad, como la laca, ya que si uno quería ir a dar una vuelta por los clubes era obligatorio llevar el pelo bien arreglado.

La cocina era tan pequeña como un retrete e igual de asquerosa. Normalmente, en el refrigerador sólo teníamos alguna que otra lata de atún vencida, cerveza, jamonada Oscar Mayer, mayonesa caducada y, quizá, si estábamos a primeros de semana, salchichas que o bien habíamos robado en la licorería de abajo o bien habíamos comprado con las monedas que nos hubieran sobrado. Sin embargo, la mayor parte de las veces, un motociclista llamado Big Bill que pesaba doscientos kilos y trabajaba de portero en el Troubadour (y que murió un año más tarde debido a una sobredosis de cocaína) solía venir a comerse todos las salchichas. Nos imponía demasiado respeto como para decirle que no teníamos nada más de comer.

Un poco más abajo en la misma calle vivía una pareja que sentía lástima por nosotros y que de vez en cuando aparecía con una enorme olla de tallarines. Cuando las cosas se ponían realmente mal, Nikki y yo recurríamos a afanar con trabajadoras de tiendas de abarrotes para poder conseguir comida gratis. Pero siempre pagábamos nuestro alcohol. Era una cuestión de orgullo.



En el lavadero de la cocina se descomponían las únicas piezas de vajilla que poseíamos: dos vasos y un plato, que limpiábamos ocasionalmente. A veces quedaban suficientes restos resecos pegados al plato como para rascar un buen bocado y Tommy no se negaba a ello. Cuando la basura empezaba a acumularse, abríamos la pequeña puerta corrediza de la cocina y la arrojábamos al patio. En teoría, el patio podría haber sido un rinconcito agradable, del tamaño justo como para colocar una parrilla y una silla; en vez de eso, estaba completamente cubierto por bolsas llenas de latas de cerveza y botellas de licor, apiladas de tal modo que cada vez que abríamos la puerta teníamos que contenerlas para que no se desparramaran por dentro de la casa. Los vecinos se quejaban del olor y las ratas habían comenzado a campear a sus anchas por el patio, pero ni cagando pensábamos limpiar aquello, ni siquiera después de que los agentes del Departamento de Sanidad de Los Ángeles llamaran a la puerta enarbolando una orden judicial en la que se nos exigía que limpiáramos el desastre ecológico que habíamos creado.

Nuestro cuarto de baño hacía que la cocina pareciera inmaculada en comparación. En los nueve meses o así que estuvimos viviendo allí, no limpiamos el baño ni una sola vez. Tommy y yo todavía éramos unos adolescentes. No sabíamos cómo hacerlo. En la ducha se amontonaban los tampones de las chicas que habían pasado allí la noche, y el lavamanos y el espejo estaban negros debido al tinte para el pelo que usaba Nikki. Como no podíamos permitirnos comprar papel higiénico (o éramos demasiado vagos para hacerlo) el suelo estaba continuamente sembrado de medias, volantes anunciando conciertos y páginas de revistas manchadas de mierda. En la parte interior de la puerta teníamos pegado un póster de Slim Whitman. No sé muy bien por qué.



Junto a la puerta del baño, un pasillo conducía hacia los dos dormitorios de la casa. La alfombra del recibidor era como un ajedrez de huellas chamuscadas, porque solíamos ensayar para nuestras actuaciones en directo prendiéndole fuego a Nikki y la gasolina para mechero siempre acababa chorreándole por las piernas.

El cuarto que compartíamos Tommy y yo estaba a la izquierda del pasillo, lleno de ropa sucia y botellas vacías. Cada uno dormía en un colchón tirado en el suelo, tapado por una sábana que en otros tiempos había sido blanca pero ahora tenía el color de una cucaracha aplastada. Sin embargo, nos creíamos muy elegantes porque una de las puertas de nuestro armario era de espejo. O lo fue, hasta que una noche vino David Lee Roth para sentarse en el suelo con una gran montaña de coca que, como de costumbre, no compartió con nadie. En ese momento, las bisagras de la puerta del armario cedieron y el espejo cayó sobre su cabeza haciéndose añicos. Dave interrumpió su monólogo durante medio segundo y luego siguió como si nada. No parecía ser consciente de que hubiera pasado nada fuera de lo normal… y no perdió ni un solo átomo de droga.

Nikki tenía en su cuarto una tele y una puerta doble que daba al salón. Pero por algún motivo la había clavado al suelo. Se quedaba allí dentro, sentado en el suelo escribiendo "Shout At The Devil", mientras a su alrededor todo el mundo estaba de juerga. Noche tras noche, después de haber tocado en el Whisky, la mitad de los presentes nos seguía hasta la casa y se quedaban allí hasta la mañana siguiente, bebiendo y metiéndose coca, heroína, Percodan, Quaaludes y cualquier otra cosa que pudiéramos conseguir gratis. En aquel entonces yo era el único que se inyectaba porque una linda rubia llamada Lorry, bisexual y aficionada a los ménage-à-trois que conducía un 280Z, me había enseñado a inyectarme coca.



A nuestras fiestas casi diarias asistían supervivientes de la escena punk, como 45 Grave y los Circle Jerks, mientras que por el patio y por la calle asomaban miembros de bandas metaleras recién formadas como Ratt y W.A.S.P. Las chicas llegaban por turnos. Cuando una entraba por la puerta, otra estaba saliendo ya por la ventana. Tommy y yo teníamos nuestra ventana y Nikki tenía la suya. Lo único que teníamos que decir era: "Tenemos visita. Tienes que irte". Y efectivamente, se iban… aunque a veces no llegaban más allá del dormitorio del otro lado del pasillo.

Una de las tías que solía venir era una pelirroja exageradamente gorda que no podía ni pasar por la ventana. Pero tenía un Jaguar XJS, el carro favorito de Tommy; deseaba conducir aquel carro más que cualquier otra cosa en el mundo. Finalmente, ella le dijo que si se la tiraba le dejaría conducir el Jaguar. Aquella noche, Nikki y yo llegamos a casa para encontrar a Tommy, con sus flaquísimas piernas, tirado en el suelo bajo una enorme masa desnuda y temblorosa que rebotaba implacablemente sobre él. Pasamos por encima de ellos, nos preparamos un cuba libre y nos sentamos en nuestro destrozado sofá a observar el espectáculo: era como ver un Volkswagen rojo con cuatro ruedas blanquecinas y cada vez más deshinchadas. En el preciso instante en el que terminó, Tommy se abotonó los pantalones y nos miró:

"Tengo que irme, tíos". Exclamó orgulloso. "Voy a conducir su carro".

Y salió corriendo, dejando atrás la basura de la sala, la puerta reventada, los bloques de hormigón, hasta entrar en el carro completamente satisfecho consigo mismo. No sería aquella la última vez que les sorprendiéramos negociando su diabólico pacto.

Vivimos en aquella pocilga el mismo tiempo que un bebé en el útero antes de irnos cada uno a vivir con nuestras respectivas novias. Mientras estuvimos allí, nuestro único deseo fue grabar un disco. Lo único que obtuvimos fueron drogas, alcohol, chicas, mugre y ordenes judiciales. Mick, que vivía con su novia en Manhattan Beach, nos decía una y otra vez que así jamás conseguiríamos un contrato. Pero supongo que se equivocaba. Porque aquella casa dio a luz a Mötley Crüe y, como una manada de perros salvajes, dejamos en su interior suficiente testosterona exasperante y atolondrada como para engendrar los embriones de un millón de grupos de metal bastardos.

(*) Personaje de la serie de dibujos animados de los sesenta The Rocky and Bullwinkle Show. Bullwinkle era un alce simplón pero de buen corazón.

Hasta la próxima entrega.

6 comentarios:

Claudia Liz dijo...

JAJAJAJAJAJAJJAAJAJAJAJAJAJAJAJA
pobre tommy!!! me vacilo esa parte de la tia gorda y el pobre flakito lol!!!
sigue traduciendo ivan!!! saludos!

Anónimo dijo...

Puedes poner un link al archivo PDF donde el primer capítulo es gratis de leer en la versión traducida al español "Los trapos sucios". Lo editan POP ediciones. Hace poco han sacado el de Slash traducido también. Por cierto Slash dedica unas cuantas páginas a la gira conjunta con Mötley Crüe durante el periplo Girls, girls, girls.........por cierto enhorabuena por el blog. Lo miro casi todos los días. Un saludo y gracias por el esfuerzo. CRUE, CRUE.........

http://motleyperu.blogspot.com dijo...

Gracias por los saludos. La idea es colgar el PDF del libro completo, o si no por partes mas grandes conforme lo vaya posteando en el blog. Mantenganse atentos...

Infernus dijo...

waaa bueno la gente tendra la oportunidad de leerla muchas gracias por este gran aporte!

Anónimo dijo...

amo a nikki sixx

brayan Ureta benites dijo...

aajajaja realmente la mejor banda de la era de la decadencia en los angeles